Javier de Haro, psicólogo: "Cuando tus hijos se ponen tus zapatos no están solo jugando, sino que hay mucho más detrás"

Javier de Haro, psicólogo: «Cuando tus hijos se ponen tus zapatos no están solo jugando, sino que hay mucho más detrás»

Javier de Haro, psicólogo: "Cuando tus hijos se ponen tus zapatos no están solo jugando, sino que hay mucho más detrás"

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¿Es solo un gesto gracioso o un mapa secreto de lo que siente y necesita? El psicólogo Javier de Haro lo mira de frente: ese juego mínimo abre una puerta a su mundo interno. Y a cómo lo miramos.

La mañana empieza con prisas y migas. El suelo está frío, la tostadora canta y, de pronto, aparecen tus botas caminando solas por el pasillo. Dentro, un cuerpo pequeño que no llega al pomo, pero se siente gigante. Se detiene, se balancea, intenta imitar tu manera de andar. Un segundo después te busca con los ojos: quiere ver si te ríes, si te reconoces en su gesto, si le dices algo. Todos hemos vivido ese momento en el que una escena doméstica te remueve por dentro. Javier de Haro lo llama “espejo seguro”: el niño se pone tus zapatos para probar una versión de sí mismo que aún no sabe nombrar. No era solo un juego.

Cuando el juego apunta a la identidad

De Haro explica que calzarse tus zapatos es juego simbólico de libro. No es antojo ni ocurrencia; es ensayo. El niño explora roles, poder y pertenencia usando lo más cotidiano que tiene a mano. Tus zapatos son un atajo: huelen a casa, pesan como la vida adulta y marcan un ritmo. El cuerpo aprende a coordinar, la mente a imaginar, y tu mirada le da sentido. Juego simbólico no significa farsa, sino entrenamiento para lo real. Ahí el niño practica cómo se mueve el mundo… y dónde cabe él.

En consulta, De Haro cuenta la historia de Vera, cuatro años, que se ponía cada tarde los tacones de su madre para “ir a trabajar”. Caminaba tres pasos, volvía, se los quitaba y pedía merienda. No imitaba glamour; copiaba la despedida y la vuelta. Al mes, cuando la madre empezó a salir más temprano y despedirse sin prisa, el juego se suavizó. La niña no heredó los tacones, heredó la escena de calma. Es un detalle, sí, pero los detalles son ladrillos. A veces bastan para que el juego deje de tensarse y se vuelva fiesta.

¿Qué “dice” ese ritual? De Haro lo desmenuza: hay curiosidad por el adulto que cuida, deseo de pertenecer a ese equipo, ganas de probar un rol con tu permiso. También se miden límites: cuánto puedo ocupar, cuánta risa hay en casa, cuánta paciencia. Ese gesto diminuto habla de pertenencia. Si tú sonríes y nombras (“te estás poniendo mis zapatos grandes”), la escena se ordena. Si te burlas o te enfadas, la escena se rompe. No es psicología de manual; es vínculo en directo.

Cómo acompañar ese momento sin quitarle magia

Primero, describe lo que ves sin juzgar. “Hoy te quedan gigantes, ¡mira cómo suenan!” funciona mejor que “quítatelos, te vas a caer”. Nombrar ancla el juego y lo vuelve seguro. Luego, ofrece un espejo amable: “¿Caminas como papá cuando sale al súper?”. Eso legitima el ensayo y marca un límite suave. Puedes proponer un espacio del día para jugar “a los grandes” con objetos de mentira o con tus zapatos, pero en un lugar y tiempo claros. La clave no es prohibir, es sostener.

Hay errores que casi todos cometemos. Reírnos del niño en modo espectáculo, por ejemplo, corta la conexión y le hace sentir raro. Convertirlo en foto para la familia sin preguntarle puede sobreactivar el show. También asusta dramatizar el tropiezo como catástrofe. Seamos honestos: nadie hace eso todos los días. Bastan tres gestos consistentes para que el mensaje cale. Una casa que nombra, acompaña y recoge. Lo demás lo hace el juego.

Cuando dudas, recuerda lo que subraya De Haro: el niño no imita tu estatus; busca tu paso. Tu forma de habitar el mundo. Apego seguro es esa base que permite jugar sin miedo. Y sí, hay días en que llegas cansada y no te sale. Está bien decirlo.

“Cuando tus hijos se ponen tus zapatos no están solo jugando, están pidiéndote entrar, por un rato, en tu lugar y tu ritmo. Si los miras y los nombras, les devuelves una versión habitable de lo adulto”. — Javier de Haro

  • Nombra la acción sin etiquetar al niño.
  • Ofrece un tiempo y un lugar para repetir el juego.
  • Evita la burla; el humor sin ironía sí ayuda.
  • Observa qué escena imita y qué cambia con tu respuesta.
  • Si el juego se intensifica con angustia, busca apoyo profesional.

Lo que queda cuando se quitan los zapatos

Cuando el niño deja los zapatos en la alfombra, queda una escena: tú mirando, él probando, la casa latiendo. Puede que mañana repita el ritual o lo olvide por semanas. Cada ensayo construye un idioma compartido. Función reflexiva es poner palabras al gesto y permitir que el niño se entienda un poquito más. No necesitas sermones, solo presencia breve y clara. A veces basta con sentarte en el suelo y escuchar cómo “suenan” esos zapatos. Lo que empieza como juego termina dibujando recuerdos, límites y una brújula íntima. Quizá, sin darte cuenta, también te pregunta cómo caminas tú por la vida. Y esa es otra historia que merece ser contada y cuidada en voz baja, con tiempo.

Punto clave Detalle Interés para el lector
El juego como ensayo Calzarse tus zapatos activa rol, pertenencia y regulación Entender qué necesita tu hijo cuando “imita”
Nombrar y sostener Describir sin juicio, humor amable y límites suaves Herramientas prácticas para la próxima escena
Mirada a largo plazo Vínculo, memoria corporal y seguridad emocional Cómo este gesto cotidiano deja huella positiva

FAQ :

  • ¿Y si se cae o se frustra rápido?Acércate, retira obstáculos y ofrece tu mano. Si pide parar, valida el intento y proponle repetir otro día.
  • ¿Es distinto si se pone los zapatos del otro progenitor?No cambia el sentido: busca entrar en el mundo de quien cuida y admira. Observa qué parte de la escena imita.
  • ¿Conviene comprarle “zapatos de jugar” de adulto en miniatura?Pueden servir, pero no sustituyen el peso simbólico de los tuyos. Alterna: tus zapatos en momentos pactados y alternativas seguras.
  • ¿Qué hago si mi hijo insiste de forma obsesiva?Mira el contexto: cambios, separaciones, miedos. Si el juego se vuelve rígido o ansioso, consulta con un profesional.
  • ¿Y si me molesta que use mis cosas?Tu límite también educa. Di “sí” con condiciones claras o “no” con una alternativa. La coherencia calma más que el permiso total.
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