En un tiempo que corre y arrasa, las conversaciones se acortan y los gestos se vuelven raros. Mario Alonso Puig, médico y divulgador, repite algo que suena a bálsamo y a reto: “No des nunca por hecho que un gesto de amabilidad no puede devolverle a alguien la ilusión”. La pregunta no es si tiene razón. La pregunta es si nos atrevemos a probarlo hoy.
Un camarero novato tiembla con las tazas y una mujer mayor le dice con una sonrisa tranquila: “No pasa nada, a todos nos ha temblado el pulso”. La barra se relaja, el chico respira fondo, el café sabe mejor. Lo ves y entiendes que no era el café lo que faltaba, era esa frase simple que afloja el nudo del día. Algo se encendió.
La chispa que cambia el día
Mario Alonso Puig insiste en lo cotidiano: la amabilidad no es una gran campaña, es un gesto puntual que rompe un bucle mental. El cansancio se acumula, la cabeza corre más que las piernas, y un “gracias” bien puesto actúa como freno de mano. **Un gesto pequeño puede cortar la racha de pensamientos grises.**
Piensa en el metro: alguien bloquea el paso y el aire se calienta. Otra persona levanta la mano y deja pasar a una madre con carrito. La atmósfera cambia de inmediato, como si alguien abriera una ventana en pleno vagón. Una revisión de investigadores de Oxford en 2018 encontró que los actos de amabilidad elevan el bienestar subjetivo de forma pequeña pero consistente, y eso, repetido, suma mucho.
Hay una explicación física que no suena a clase de ciencia. Cuando recibes o das un gesto cálido, desciende la tensión, sube la sensación de conexión y el cuerpo baja revoluciones. La amabilidad activa circuitos sociales que regulan estrés y foco, así que el problema no desaparece, pero el cuerpo deja de pelear con todo. **La amabilidad no es cursilería, es estrategia de supervivencia social.**
Cómo convertir la amabilidad en hábito real
Funciona mejor cuando es concreto y breve. Nombra algo que el otro hace bien, ofrece una microayuda, mira a los ojos dos segundos más. La regla es simple: un gesto, una intención, cero épica. *A veces un “buenos días” dicho a tiempo pesa más que un café doble.*
Seamos honestos: nadie hace esto todos los días. Aparecen las prisas, el humor áspero, la pantalla que traga atención. Aun con todo, puedes dejar migas de pan en el camino: pon un recordatorio en el móvil, piensa en tres personas y manda una nota corta, practica la sonrisa neutra cuando te hablen en caja. Si sale raro, no pasa nada. La calidez crece con la práctica, como cualquier músculo.
El truco es no teatralizar, sino afinar la escucha. Empieza con lo cercano y tangible, sin promesas eternas ni frases de póster.
“No des nunca por hecho que un gesto de amabilidad no puede devolverle a alguien la ilusión”, recuerda Mario Alonso Puig, como quien pone una llave en la mano y dice: prueba la cerradura.
- Elige un momento del día y pon un gesto ahí.
- Que sea específico: “gracias por responder tan rápido”.
- Si no hay palabras, ofrece tiempo o atención.
- Si el otro no responde, no te encierres: su día quizá pesa.
Lo que nos contamos cambia lo que hacemos
Todos hemos vivido ese momento en el que una palabra amable te devolvió a la superficie sin que nada externo cambiara. Esa historia íntima vale como brújula. Lo curioso llega después: al dar un gesto, el relato que te cuentas sobre ti mismo se mueve un grado hacia “soy alguien que suma”. Ese grado, repetido, te lleva a otra orilla.
En las parejas, el psicólogo John Gottman observó una proporción que predice estabilidad: cinco interacciones positivas por cada negativa. No se trata de contar puntos, sí de entender ritmo. Una corrección duele menos si ha estado arropada por cinco miradas buenas antes. Trasladado al trabajo, una crítica justa entra mejor tras una semana de pequeños reconocimientos específicos.
La amabilidad no nace del “querer caer bien”, sino de una decisión silenciosa sobre qué tipo de día quieres construir. Puedes no tener tiempo, dinero ni soluciones, y aun así tener veinte segundos para no agrandar una herida. **El cerebro recuerda cómo le hiciste sentir, no la perfección del gesto.** Esa huella se queda incluso cuando el nombre se borra.
Hay algo poderoso en mirar alrededor como quien entra en una habitación con la luz apagada y tantea la pared hasta dar con el interruptor. Alguien tiene la mano en el pomo, alguien carga con un miedo viejo, alguien espera un permiso mínimo para seguir. No vas a arreglar el mundo hoy. Sí puedes aliviar un rincón. Y eso cambia la ruta de muchos pasos que no ves.
| Punto clave | Detalle | Interés para el lector |
|---|---|---|
| El gesto mínimo | Una frase o acción breve que interrumpe el bucle de estrés | Aplicable en segundos, sin coste ni preparación |
| Hábito con intención | Elegir un momento del día y anclar un gesto concreto | Convierte la amabilidad en rutina real y medible |
| Efecto acumulado | Pequeñas mejoras de bienestar repetidas en el tiempo | Impacto sostenible en ánimo, relaciones y clima laboral |
FAQ :
- ¿Quién es Mario Alonso Puig?Médico y conferenciante español, conocido por divulgar sobre potencial humano, salud mental y liderazgo con un enfoque práctico y humano.
- ¿Qué significa su frase sobre la amabilidad?Que no subestimes lo pequeño: un gesto puede reencender la ilusión de alguien y cambiar el tono de su día, incluso si no ves el resultado al instante.
- ¿Cómo empiezo sin sentirme artificial?Elige un gesto que encaje contigo: agradecer algo específico, preguntar con interés real o guardar silencio respetuoso. Cuanto más simple, más auténtico.
- ¿Y si la otra persona no responde bien?No lo tomes como fallo. Cada uno carga su historia. Mantén la intención sin invadir, cambia de gesto o de momento, y sigue tu vida.
- ¿Funciona en el trabajo o solo en lo personal?Funciona en ambos. En equipos reduce fricción y mejora foco; en casa reconstruye confianza y cercanía con pasos pequeños y sostenidos.







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