Una psicóloga, sobre la actitud de Juan del Val tras ganar el premio Planeta: "Es habitual que aparezca la duda"

Una psicóloga, sobre la actitud de Juan del Val tras ganar el premio Planeta: «Es habitual que aparezca la duda»

Una psicóloga, sobre la actitud de Juan del Val tras ganar el premio Planeta: "Es habitual que aparezca la duda"

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Una psicóloga nos lo resume con calma: tras un éxito así, la duda no es el enemigo, es una visita más frecuente de lo que pensamos.

El salón olía a focos calientes y a papel recién tocado por demasiadas manos. Del Val bajó del escenario con una sonrisa que no era del todo sonrisa, ese gesto que mezcla alivio y desafío cuando sabes que, desde ya, cada palabra pesará el doble. Un fotógrafo pidió “una más, por favor”, y la pregunta flotó como una pelusa en el aire: ¿cómo se lleva el triunfo cuando la etiqueta del “triunfador” a veces quema? Detrás del brindis, detrás del titular, hay un cuerpo que tiembla un poco y una cabeza que corre más de la cuenta. La psicóloga lo define con sencillez. Y ahí empieza otra historia.

La euforia y la sombra: por qué asoma la duda cuando todo sale bien

La escena se entiende mejor si uno se fija en los microgestos. Del Val se permitió bromear con la prensa y, a la vez, elegir palabras quirúrgicas, como si pisara un suelo recién encerado. Hay quien leyó seguridad; otros vieron soberbia o contención defensiva. En la psicología del éxito mediático, esa oscilación es casi un clásico. La euforia sube, la exposición pública aprieta, y aparece lo que los clínicos llaman “activación mixta”: alegría sostenida por una columna de cautela. No hay contradicción ahí. Solo el vaivén normal de alguien que sabe que, a partir de ahora, todo lo que diga sonará más alto.

La psicóloga con la que hablamos recuerda que no es raro que los ganadores entren en una especie de “after” emocional. Pone otro ejemplo reciente, el de una deportista que, tras una medalla, tardó días en dormir del tirón y evitaba leer comentarios. Diversas encuestas en población general sugieren que más de la mitad ha sentido el llamado síndrome del impostor alguna vez. En perfiles creativos, la cifra se dispara. No significa que el premio sea inmerecido, sino que el cerebro tarda en alinear el logro externo con la identidad interna. Y en ese intervalo, la duda encuentra hueco.

Hay lógica biológica, social y narrativa. El pico de dopamina y adrenalina agota, y cuando cae, aterrizan preguntas antiguas: “¿estaré a la altura?”, “¿me he pasado de listo?”. España, además, ama el éxito si viene con autoironía y una pizca de distancia. Quien es directo, como Del Val, se expone a un doble filtro: el suyo y el del público que lo ha visto ser provocador. La psicóloga lo formula así: el triunfo te pone un altavoz, pero también un espejo. El altavoz amplifica la alegría; el espejo multiplica los matices. Y de ese cruce nace la duda funcional.

Cómo domesticar la duda sin apagar la chispa

La especialista propone una “bitácora de aterrizaje” en tres tiempos. Día 1: no tomar decisiones, solo registrar sensaciones en notas sueltas, como llegan. Día 3: una conversación larga con alguien que no compita contigo, para ventilar lo que pesa. Día 7: concretar un gesto de gratitud hacia el equipo. Este pequeño protocolo ancla el éxito en hechos y relaciones, y baja el volumen del ruido. Ayuda también pactar con uno mismo una regla simple: 15 minutos para leer reacciones y luego salir a caminar. Ese corte a tiempo protege la cabeza y respeta la euforia sana.

Hay errores que visitan a cualquiera. Convertir la rueda de prensa en terapia. Prometer lo que no puedes sostener. Leer el 100 % de comentarios como si fueran un jurado invisible. Todos hemos pasado por ese momento en el que confundimos atención con validación. Se nota en la garganta. Lo contrario también es trampa: fingir que nada te afecta. Seamos honestos: nadie escribe cada día un párrafo brillante ni maneja la presión como un robot. La salida intermedia es más humilde y más valiente: reconocer la duda sin exhibirla por deporte.

La psicóloga sintetiza una idea que suena básica y, aun así, cuesta practicar:

“Es habitual que aparezca la duda tras un gran éxito. Lo sano no es negarla, sino darle un sitio pequeño y volver al trabajo real.”

En ese espíritu, propone separar “voguing” mediático de cuidado personal con un semáforo muy simple:

  • Verde: sueño suficiente, diálogo con tu círculo y agenda sin castigos.
  • Ámbar: respuestas impulsivas, hiperlectura de críticas, necesidad de gustar a todos.
  • Rojo: bloqueo creativo, somatizaciones recurrentes, aislamiento.

Este encuadre no desactiva la chispa del personaje público. La encauza. Y ofrece algo aún más útil: permiso para no poder con todo hoy.

Lo que se juega en público: el espejo de Juan del Val

Del Val es un personaje raro en el ecosistema literario: directo, televisivo, con un humor que a cierta gente le levanta la ceja. Al ganar el Planeta, su manera de hablar fue coherente con lo que lleva años mostrando. Eso, paradójicamente, lo hace más interpretable. Quien lo admira, ve autenticidad; quien lo discute, ve pose. La duda postpremio viaja en ese carril. Lo normal, según la psicóloga, es que el propio Del Val se haga preguntas tácticas: qué conservar de su tono y qué ajustar ante una audiencia ampliada. No por miedo. Por eficacia.

El entorno también define el aterrizaje. Su pareja, Nuria Roca, ha sido a menudo cómplice pública y apoyo privado, una combinación que baja pulsaciones. Un equipo editorial que marque tiempos y filtre ruido es oro. Y un par de amigos que te devuelvan al barrio, todavía más. La literatura, a ratos, exige silencio. La fama, a ratos, lo rompe. Entre ambos latidos cabe una regla de bolsillo: hablar menos de “la obra” y vivir más horas que la sostengan. Parece simple en teoría. En la práctica, con focos, cuesta el triple.

Hay otro ángulo: el nuestro, el del público que mira. Nos cuesta aceptar el triunfo ajeno si no viene acompañado de una narrativa de modestia muy concreta. En España, el “no te lo creas demasiado” es casi un protocolo. *Esa expectativa cultural pesa.* Si Del Val duda, encaja; si brilla sin pedir perdón, divide. Ninguna de las dos versiones dice gran cosa del valor literario. Dice más de cómo leemos la seguridad en la plaza. La psicóloga sugiere una brújula simple: distinguir entre seguridad expresiva y desprecio. La primera suma. La segunda, no tiene pase.

El caso de Juan del Val, mirado de cerca, abre una conversación que va más allá de un trofeo. Habla de cómo sostenemos el éxito sin rompernos por dentro, del permiso para dudar y del derecho a celebrar a pleno pulmón. Habla también de un país que quiere genuinidad y, a la vez, nos pide que bajemos el volumen. Quizá ahí esté la clave: elegir qué volumen es el tuyo, no el que otros te dictan. La psicóloga nos deja un mapa, no un dictamen. El resto es oficio, días normales, páginas por escribir. Y una pregunta que sigue latiendo en voz baja: ¿qué haces cuando, por fin, llega lo que buscabas?

Punto clave Detalle Interés para el lector
Duda postéxito Es una respuesta frecuente a la exposición y al pico emocional Normaliza sensaciones que confunden tras un logro
Protocolo 24-3-7 Notas el día 1, conversación el día 3, gesto de gratitud el día 7 Guía accionable para aterrizar sin perder impulso
Filtro cultural La lectura pública de la seguridad depende de códigos locales Ayuda a entender críticas y polarización sin dramatizar

FAQ :

  • ¿La duda significa que el premio no es merecido?No. Indica desajuste temporal entre logro externo e identidad interna, algo muy común tras picos de exposición.
  • ¿Cómo evitar leer críticas dañinas los primeros días?Pon un límite de tiempo y un “responsable de pantalla” que te envíe solo lo útil. El resto, a caminar.
  • ¿El síndrome del impostor desaparece con más éxitos?No por acumulación. Tiende a modularse cuando trabajas la autoverificación con hechos y relaciones.
  • ¿Conviene dar entrevistas largas justo después de ganar?Si estás en “after” emocional, mejor piezas breves y una conversación en frío a los pocos días.
  • ¿Cómo encajar expectativas del público sin perder la voz propia?Diferencia ajuste táctico de renuncia. Ajustas el volumen, no cambias la melodía que te define.
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